Entre los cargos que ocupó en la gestión cultural ha sido director del INAEM, director del Teatro de la Zarzuela en dos ocasiones y viceconsejero de Cultura de la Comunidad de Madrid. A su carácter abierto y visionario se le debe el impulso y la modernización del teatro lírico en España. El 12 de marzo recibirá el cariño, el respeto y el aplauso de toda la profesión, representada en el Premio Honorífico Opera XXI. Nos citamos con José Antonio Campos Borrego en Madrid, un día después del estreno de la zarzuela cubana Cecilia Valdés. A punto de cumplir 80 años y una cincuentena de recorrido profesional guarda una anécdota para cada momento. En los años 80, “fuimos a hacer una zarzuela a Cuba y tuvimos que quedarnos, toda la compañía, unos días más a petición de Fidel Castro, la persona con mayor elocuencia que he conocido. Le gustó tanto que nos ofrecían la posibilidad de hacer un intercambio. Si hacíamos una zarzuela cubana aquí, luego iríamos a hacer otra española allí y correrían con todos los gastos. Y se habló de hacer Cecilia Valdés, pero tuvimos tanta dificultad en conseguir las partituras que al final no se puedo hacer. Menos mal que ahora Daniel (Bianco) ha podido estrenarla aquí”.  

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Y tú la has vivido como espectador.

Te quitas de la cabeza muchos problemas

¿Y se reviven muchas cosas?

Siempre que vengo aquí me pasa. Siento que esta es mi casa. Aquí he pasado los mejores años de mi vida.

¿Cuéntanos un buen recuerdo de aquellos años?

Para mí son irrepetibles. No solo por la experiencia personal, sino porque hemos vivido una generación de oro que no se ha dado nunca en ningún país: que al mismo tiempo existan ocho cantantes, cuatro hombres y cuatro mujeres, reinando en los primeros teatros del mundo. Plácido, Kraus, Caballé, Berganza, Lorengal, Carreras, Aragal, y Victoria de los Ángeles. Ocho al mismo tiempo que se disputaban el primer lugar en todos los teatros. Tuve la inmensa suerte de vivirlo.

¿Volverán a darse esas circunstancias?

Esa pregunta no tiene respuesta. Lo cual nos lleva a la esperanza. Si ha ocurrido una vez, ya llegará otra época.

Con algunos no solo tuviste una gran relación profesional, también personal.

Especialmente con Montserrat Caballé. Ella fue un punto y aparte. Me regaló muchas cosas… me emociono cuando hablo de ella. Me regaló su cariño, me regaló confidencias. Fue una amiga del alma. Si tuviera que dedicarle a alguien este premio, se lo dedicaría a Montserrat.

¿Te sientes afortunado por la vida que tuviste?

Me considero un privilegiado, porque he podido compaginar mi trabajo en la administración con lo que soñaba y me gustaba a nivel particular.

Pues ahora te premian por ello.

Siento mucha emoción, gratitud y una cosa muy rara, que le dan un premio a un señor por habérselo pasado muy bien. Y me tengo que acodar de toda la gente que me ayudó. Los cambios no se hacen nunca solo. Y no hablo solamente de la complicidad de los de arriba y de los que salen al escenario, también gente a mi lado que me ha ayudado mucho. He recibido mis puñaladas y deslealtades, como siempre ocurre en la vida, pero eso prefiero olvidarlo.

Tus inicios, en los 60, fueron en una época llena de contradicciones

Muchas. Pero eso ha servido también para organizar mi cabeza en mi vida personal. Porque cuando las contradicciones las descubres cuando tienes 25 años te viene muy bien para saber qué camino tienes que elegir en la vida. Pero las contradicciones estaban en el fondo de todo, y no te das cuenta hasta que te sientas en un despacho y las empiezas a vivir. Y tienes que buscar trampas. Sorteas los caminos. Y te das cuenta que la libertad es imparable, siempre se acaba colando por algún resquicio. Todo eso enriqueció mi vida, no puedo negarlo. Ese tiempo me permitió ser yo.

Ya habías empezado a ser tú cuando, como dices, te nacieron en Tetuán.

A mi padre lo fue a buscar la Guardia Civil para ir allí a la mili. Salió del campo, de una aldea. No había visto un coche, ni un tren, no había visto edificios de más de un piso. No había visto el mar. Y ese muchacho llega a África (lo instalaron en Ceuta) en los años 20. Y una vez hecha la mili y descubierto el mundo, de pronto piensa que no se va, que tiene que aprender a leer, a escribir, a sumar, a restar… y se enganchó al Ejército para ello hasta que empieza a ganarse la vida, y entonces se va. Y sí, después conoce a mi madre, otra mujer de campo, ella de Málaga, y me nacen en Tetuán en 1940.

Dos personas con esas raíces que pocos años después pasan las tardes con su hijo acudiendo al teatro.

Sí, algo hay dentro de las personas desde que nacen.

¿Qué veíais sobre las tablas?

Iban las compañías de Lola Flores, de Pepe Blanco, de Juanito Valderrama. Y de vez en cuando venía una compañía de comedias. Hasta que un día apareció por allí un fenómeno teatral, por el cual siento un profundo respeto, que se llamaba don José Tamayo, con la Compañía Lope de Vega. Mis padres me llevaron a ver ‘Muerte de un viajante’ y de repente yo vi que el teatro era más que un tresillo, una mesa camilla y tres señores hablando. Había luces, los decorados no eran realistas… y yo me dije: ‘a mí lo que me gusta es esto’.

No el fútbol, como a los demás.

No, me llamaban para ir. Pero yo me quedaba en casa y hacía recortables de teatritos. Construía embocaduras, pintaba telones… y claro, de aquellos polvos estos lodos. La cosa estaba ya encaminada a que yo acabase en un teatro de verdad.

 

Soñando con teatros de verdad, José Antonio Campos Borrego vivió en Tetuán hasta los 16 años. En 1956, el año en el que se declara la Independencia de Marruecos, inicia Derecho en la Universidad de Granada. Luego prepara oposiciones para el Cuerpo de Técnicos de la Administración Civil y una vez aprobadas escoge entrar como funcionario en el Ministerio de Información y Turismo. “Era el que menos aburrido me parecía”.  

Y entonces empezó tu periplo.

El primer destino fue Murcia. Y ya me topo con las peculiaridades de una cosa que se llamaba ’El Régimen’, que prepara al turismo de España para recibir a las suecas y sus biquinis, pero al mismo tiempo prohíbe los biquinis en los escenarios. Tú lo que intentabas era interpretar la Ley y ver por dónde podía entrar la luz. Y eso ocurría también en la calle, en los periódicos… en todos los sitios. Se abren así las compuertas, entra el agua y entra la naturalidad, se acepta la diversidad y la vida se convierte en otra cosa, por mucho que se empeñen ahora algunas cabezas descerebradas en volver atrás. De Murcia vino Pontevedra, Alicante y luego el lugar soñado desde la niñez, que era Madrid. Madrid era Nueva York. Era lo que habías visto en el cine. La Gran Vía. El metro. Y el teatro.

Una constante

Cogíamos entradas de clac para poder ver los espectáculos. Parábamos en La Regional, que todavía está ahí, que era el bar de la clac. Y de repente descubrías a gente como Alfredo Kraus, que todavía no sabías quién era, y lo veías cantar ‘La Francisquita’. Todo eso sin imaginar que años más tarde yo iba a dirigir esa casa.

Llegaste a ella por primera vez en el 84, con ganas de cambiar las cosas.

Los amigos de la ópera (el Teatro Real no había reabierto, y la pelea por la ópera había que darla aquí) hacían una tarea muy valiosa, pero muy endogámica, porque lo que importaba eran las voces del momento, pero todo lo demás no importaba. El foso, el coro y el hecho teatral, que es algo que ya Wagner impuso, la ópera como una totalidad, no es una señora cantando amores a uno que está al lado mirando a otro del patio de butacas. Me preocupó siempre mucho que la ópera tuviese su dimensión teatral de una vez. Y había que llamar a gente que aportase eso. Y tuve la suerte de contar con personas dispuestas a hacerlo, profesionales muy buenos como Lluís Pascual, José Luis Alonso, Gerardo Vera, Piero Faggioni, Pier Luigi Pizzi… Me tengo que acordar de espectáculos como la ‘Ermione’ de Hugo de Ana; el ‘Boris Godunov’ de Faggioni; el ‘turco in Italia’ de Lluís Pascual y una serie de producciones que sirvieron para demostrar que la ópera no es solo música. Y otra cosa que me preocupó de verdad era que había que poner a reventar físicamente el Teatro de la Zarzuela, para que se convenciesen de una vez que el Teatro Real había que reabrirlo. Esa era mi obsesión. Y llegó un punto en el que los que mandaban lo entendieron. Y yo tuve cómplices en eso. Empezando por los cantantes, la gente del teatro, y por personas que le daban otra dimensión de las cuales no me puedo olvidar. Pienso en Pilar Miró, que llegó a TVE y resolvió que la ópera se emitía y en directo. Y se dio Lulú y Wozzeck, el estupendo montaje de José Carlos Plaza, por la 1. ¡Imagínate! Era soñar. Todo eso produjo un revulsivo que ahora mismo recuerdo como la mejor experiencia que he tenido en mi vida.

¿Y el público cómo reaccionaba?

Pude cometer errores, meteduras de pata, porque un teatro es una cosa viva. Hay días que aciertas y días que no. Pero yo al público lo tuve siempre de mi parte. Siempre. Porque el público no es tonto. ¿Por qué ‘La Walkiria’ tiene que ser un latazo, si puede estar cantada por Montserrat Caballé, dirigida en el foso por un señor importante y escénicamente por Hugo de Ana? La gente si ve cosas así y luego quiere más.

¿Había en aquella época esa sensación de que la ópera siempre está en crisis?

Toda la vida. La ópera siempre ha estado en crisis. Pero yo creo en la evolución que ha habido y que sigue existiendo. La prueba es que hay creadores importantísimos por todas partes y cada vez se abren teatros de ópera en ciudades que no tenían. Incluso quienes denostaban la ópera porque decían que era un espectáculo para unos cuantos ricos, la han visto y han descubierto un nuevo mundo. Hay que trabajar con otros públicos. Sacar la ópera a la calle y darle normalidad. El otro día vi el documental de Pavarotti y se me puso la carne de gallina. Contra eso no se puede luchar. La ópera, con los caminos que tenga que tomar, seguirá. Y los que estamos, o están implicados en ello, y esto va dedicado a Ópera XXI, tenemos que pelear a muerte. Sobre todo por defender la normalidad de un género que está basado en algo tan bonito que permite al hombre expresarse cuando las palabras no le bastan.

Antes hablabas de cierto progreso regresivo.

Se está intentando. Te cuesta pensar que haya gente que saca la bandera y que parece soñar con un tiempo que afortunadamente ya se fue. Ahora los problemas son otros. Estamos en otro mundo ya, dominado por la tecnología. Cada día dependemos más de ello y nos quitan muchas horas de comunicación real. Da mucho vértigo. Por eso el teatro es hoy más necesario que nunca. Porque de todo esto nos puede seguir librando el arte, que es la manera de superar la realidad. Es una mentira fabulosa, como los sueños.

¿Te consideras un nostálgico?

No, no sirve para nada. Está bien recordar, pero la nostalgia no puede ser el recinto donde te refugies. Prefiero pensar en los días que todavía me quedan en los que alguien me va a dejar con la boca abierta.

¿Qué te hace feliz?

Mientras siga existiendo ‘El caballero de la rosa’ y la ‘Pasión según san Mateo’ yo seguiré siendo feliz.