11 FEB

"El abrecartas", amor en tiempos convulsos

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Un reparto de cantantes españoles dará vida a los personajes de la ópera: los tenores Airam Hernández (Federico García Lorca), José Manuel Montero (Rafael), Mikeldi Atxalandabaso (Alfonso) y Jorge Rodríguez-Norton (Andrés Acero); los barítonos Borja Quiza (Vicente Aleixandre), José Antonio López (Miguel Hernández) y Vicenç Esteve (Ramiro); las mezzosopranos Ana Ibarra (Salvador / Setefilla) y Laura Vila (Sombra), el contratenor Gabriel Díaz (Comisario) y el bajo David Sánchez (Eugenio D’Ors).

El fallecimiento de Luis de Pablo (1930-2021) el pasado 10 de octubre, a los 91 años, ensombrece el estreno mundial de su última ópera, en la que el compositor nos sorprende con un lenguaje alejado de sus óperas precedentes, más cantábile, expresivo y evocador de la tradición musical española, en ese camino de búsqueda y experimentación sin complejos que ha caracterizado toda su carrera artística, según comunica el Teatro Real en la presentación de este título.


Aunque la música vocal ocupó siempre un lugar destacado en la producción de Luis de Pablo -compositor de grandísima cultura literaria y verdadera fascinación por la palabra y sus ecos sonoros y semánticos-, su corpus operístico lo conforman seis óperas escritas a lo largo de cerca de 30 años: Kiu (1983, Teatro de la Zarzuela), El viajero indiscreto (1990, Teatro de la Zarzuela), La madre invita a comer (1993, Bienal de Venecia, Teatro Goldoni), La señorita Cristina (2001, Teatro Real), Un parque (2005, Bienal de Venecia, Piccolo Arsenale) y, finalmente, El abrecartas, concluida en 2015.

Esta última ópera, concebida desde el inicio como una especie de ‘testamento vital’, se basa en la obra homónima de Vicente Molina Foix, libretista de la misma y colaborador de Luis de Pablo en cinco obras vocales, incluyendo el libreto de tres óperas: El viajero indiscreto, La madre invita a comer y El abrecartas.
 
La novela, Premio Nacional de Narrativa de 2007, es, en las palabras de su autor, una “anti-epopeya coral amarga, (...) llena de meandros y surcada por figuras reales y ficticias de la España del siglo XX, que se intercambian versos y amenazas, que se escriben cartas de amor y mensajes secretos que no llegarán a su destino, aunque otros los leerán y manipularán.”

La partitura de El abrecartas abarca únicamente las primeras 220 páginas del libro, que corresponden a la primera mitad del pasado siglo y a la época más aciaga de la novela, teniendo como telón de fondo la Guerra Civil, sus convulsos antecedentes y la dictadura posterior.

Partiendo de una foto antigua del colegio de Fuente Vaqueros en la que aparece Federico García Lorca con 6 o 7 años, vestido de blanco, junto al resto de los alumnos, Molina Foix creó una novela epistolar en la que da vida a uno de los niños anónimos del retrato, al que llama Rafael, que crece fascinado con el poeta. Junto a él germina un universo ficcional plasmado a través de cartas, misivas, notas, informes policiales y documentos de personajes reales -García Lorca, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Eugenio D’Ors o Andrés Acero- y ficcionales, que comparten el mismo mundo tenebroso e inquietante que les obliga a ocultar sus pensamientos, sentimientos y pulsiones sexuales.
Aunque el trasfondo histórico de la obra sea real -el asesinato de Lorca, la muerte de Miguel Hernández, el suicidio de Acero en México, etc.­ y se utilicen incluso fragmentos de documentos auténticos, los textos epistolares que entrelazan las vivencias cruzadas de los personajes son ficticios, con excepción de las palabras utilizadas en el dúo a cappella que finaliza la obra, extraídas de La destrucción del amor, de Vicente Aleixandre. 

También el director de escena Xavier Albertí ha tenido que articular las referencias históricas con el mundo espectral de las voces escritas. Rehuyendo la verosimilitud con los personajes reales, su dramaturgia evoca los ‘espacios mentales’ de los protagonistas -enfatizados con las atmósferas lumínicas de Juan Gómez Cornejo- que se suceden y superponen en una escenografía metafórica diseñada por Max Glaenzel, con grandes módulos de apartados de correos que cobijan los recuerdos de papel. El vestuario de Silvia Delagneau sugiere, como el decorado, la vida entre muros, trincheras y escondites durante la primera mitad del siglo XX.
Las reminiscencias epistolares salen del papel y viven con la música de Luis de Pablo, más descriptiva y anclada a la tradición musical española y a la prosodia del castellano hablado que en óperas anteriores. Así, la partitura comienza con un breve prólogo que evoca el juego de Los lobicos con los niños del colegio y a partir de ahí, se suceden 6 escenas concebidas como retazos de vidas; un mosaico lleno de contrastes y una escritura orquestal casi camerística, pero dotada de una rica paleta de colores y poder dramatúrgico gracias al gran número de instrumentos, pocas veces utilizados como masa sinfónica.

Como apunta José Luis Téllez, “la cita y la parodia ocupan un espacio significativo en la economía significante de El abrecartas”. A lo largo de la ópera afloran ‘paráfrasis’ melódicas, más o menos disimuladas, que van desde el cancionero renacentista español, nanas o canciones populares, hasta las evocaciones de un cuplé, o una zarzuela.
 

El abrecartas es también un homenaje a la literatura española, desde el siglo de oro español –con la representación de La vida es sueño, de Calderón– hasta la generación del 27, con un lugar especial para el gran poeta Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura en 1977, cuya casa –que frecuentaban De Pablo y Molina Foix– fue un espacio de creación, discusión, protección y refugio de artistas durante los tiempos más difíciles del siglo XX.

 
En su última ópera, Luis de Pablo, ya octogenario, mira con indulgencia, dolor y nostalgia -y también con ironía, siempre que puede-, los tiempos convulsos en que España se desgarró. Lo hace loando e igualando las voces de grandes escritores y las de seres anónimos unidos por historias de amor rotas, calladas y prohibidas, con la serenidad de saberse en otro tiempo mejor y más luminoso.